Descuentos especiales en consultas
Cuatro rosas
Rodolfo González, escritor
8/27/20261 min read


Había salido al mundo. Todo era confuso y decepcionante. Para ellos era un gil; para mí, también. Conocí el sabor de la bondad rindiéndose ante la injusticia.
Así que fui, una noche más, a verla.
Se presentó en el escenario con un aire de cantora humilde, pero sabiéndose dueña de la noche.
El público la recibió con la misma calidez con que esas cuatro rosas que formaban las servilletas me habían recibido a mí.
La voz paseaba, relajada, por esos tonos oscuros que recorren los sentidos del que escucha y, a su vez, sacudían los recuerdos de un gil.
Escucharla a ella en la penumbra no es lo mismo que vivir entre confusión y decepción. Que llevara los naipes en su mano mientras cantaba no es lo que uno espera cuando el frío te recorre la espina.
Para abrir la memoria y estar a salvo, solo se necesita que ella cante en el lugar donde sirven la copa que ahoga las penas, aunque estas inmundas ya hayan aprendido a nadar.
Entonces Lucía comparte con toda la peña esas canciones que calan en la profundidad de cada uno de una forma distinta.
Pero nadie se dio cuenta de que, ante la primera derrota, uno ve fracasos y frustraciones con inconsciencia.
La inocencia nos nubla el juicio y creemos que las cosas buenas tienen algo malévolo escondido en algún lugar.
Por eso Lucía nos canta «Las 40», para que nos demos cuenta de que nos derrotamos ante nosotros mismos.
Y si termina cantando «Balada para un loco», uno se ríe de sí mismo.
No fuimos a beber, no fuimos a olvidar, ni siquiera estábamos ahí para agotar las agujas del reloj.
Esas horas fueron las que la cantora nos dedicó para hacernos dar cuenta de que el pensamiento tiene un norte, y ella es la brújula que nos conduce.
© Rodolfo González, escritor
Contacto
Agenda tu sesión o consulta aquí.
Teléfono
+54 9 11 3163-9119
© 2026. Psicoanálisis para todos y todas de Lucía D'Agostino